
Los retratos de generación nos dan una clara idea de cómo hemos cambiado. Pero si uno se acerca lo suficiente, hasta que la imagen no se vuelve sino una mancha de colores, nos dicen algo más: nos revelan lo que hemos perdido en el camino.
Esa foto es de 1993, cuando tenía 14 años. De todos quienes aparecen en allí, hoy no me frecuento con nadie. A mis mejores amigas de la secu –Rosario, Araceli– dejé de verlas hará unos ocho años. A algunos de repente los he encontrado por la calle y hacemos el ritual que se acostumbra: intercambiamos teléfonos, nos abrazamos y hacemos la eterna promesa… eternamente incumplida: “¡Qué gusto verte! Nos estamos llamando”.
Sólo a Moisés lo seguí viendo por una razón: el destino. En la primaria fuimos los mejores amigos. En la secundaria la estima no se perdió, pero se convirtió en mi ‘enemigo’ por una tontería: “tener el mejor promedio”. Luego nos reencontramos en la prepa: fue el único que terminó, como yo, en el CCH Azcapotzalco. Más adelante, ambos nos salimos de la UNAM debido a la huelga. De vez en cuando nos encontrábamos y nos saludábamos con genuino afecto.
Pero de repente dejé de verlo.
Hará seis meses que, en una tarde ociosa, me puse a “googlear” a mis amigos. La búsqueda no fue grata. En una nota del periódico de principios de abril, aparecía su nombre: se había suicidado. Los motivos no los sé. La nota, dicho sea de paso, es inexacta: decía que había discutido con sus padres, pero su padre había fallecido años atrás. Hoy hace un año que Moisés ya no está con nosotros.
Hoy le envío timbres postales al cielo. Seguro los recibirá.